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Azúcar

Eran las nueve de la mañana del dos de enero. Milton estacionó su auto y entró con prisa al edificio. Apenas saludó al guardia de seguridad. Sacó la tarjeta electrónica del bolsillo y la colocó sobre el lector de acceso. En cuanto se prendió la luz verde, abrió la puerta y varios de sus colegas lo saludaron.

—Feliz año a todos —les devolvió el saludo, apenas levantando la mano.

Iba directo a su oficina, pero al subir los primeros escalones, sintió una mano en el hombro. Al darse la vuelta, reconoció a su compañero de laboratorio.

—¿Ya te vas a la oficina? ¿No pensabas en desayunar? —le preguntó Rothbard.

—Creo que estoy muy cerca de resolver el problema. Necesito corroborar mis anotaciones en la oficina —respondió, apretando el cuaderno que tenía en las manos con fuerza.

—Me temo que no será posible. El equipo de desinfección está haciendo su trabajo y están demorados. ¿Por qué no tomamos un café mientras los esperamos?

Milton miró las escalinatas y soltó un suspiro. Resignado, acompañó a Rothbard a la cafetería. Llenaron sus tazas con café y se sentaron en una mesa junto a otros compañeros. Abrió su cuaderno y se puso a leer sus anotaciones. De fondo escuchaba la conversación de sus colegas, quienes hablaban sobre el fin de año.

—Sobró mucho vitel toné, Rothbard… Traje una bandeja entera para compartirle a mi equipo. Te invito a que lo pruebes en el almuerzo. Mi suegra cocina muy bien.

—Gracias Muller, pero me puse a dieta. Comí mucho en diciembre.

Milton agarró la taza y le dio el primer sorbo. Olvidó echarle el azúcar, así que le echó cuatro sobres, al mismo tiempo que Rothbard les preguntaba sobre las vacaciones.

—Yo me voy al Caribe con mi esposa. No veo la hora de salir de este edificio —dijo Muller, masticando una medialuna.

—Yo parto a la casa de mis suegros que viven en el campo. Necesito aire fresco —dijo alguien más, desde el otro lado de la mesa.

—Que te diviertas con el espectáculo de luciérnagas —bromeó otro desde una punta.

Varias carcajadas resonaron junto a pequeños golpes sobre la mesa. Milton apenas les prestaba atención y escuchaba de vez en cuando palabras sueltas: «playa», «montañas», «hotel», «descanso». El bullicio permaneció de ese modo por un largo período, hasta que de repente, se hizo un silencio prolongado. Milton alzó la vista para ver qué pasaba. Los rostros de sus compañeros miraban en una sola dirección y comprendió al instante lo que pasaba. Había llegado la nueva doctora al edificio.

—¿Alguno sabe a qué departamento la asignaron? —balbuceó uno de ellos.

—Creo que está en el piso tres, junto a Higgins —dijo otro, tomando café—. ¡Qué suerte tiene ese viejo!

—Me parece que trabaja para el departamento de Investigación & Desarrollo. ¿No la entrevistaste en diciembre, Milton? —preguntó Rothbard, mientras todas las miradas le caían al unísono.

—No, Onetti la entrevistó. Yo solo estuve de oyente —respondió sin mirarlos, concentrándose nuevamente en el cuaderno.

Un breve silencio se hizo, hasta que otro preguntó:

—¿Y bien? ¿Forma parte de Investigación & Desarrollo? ¿O en dónde, Milton? —preguntó Muller, con gran interés.

Dio un largo resoplido y comentó:

—La enviaron a Experimentos. Yo estoy en desacuerdo, ya que no mostró grandes aptitudes para esa área —explicó, mirándolos a la cara—. Por cierto, en la entrevista mencionó que está casada. Ustedes también lo están, ¿no? —respondió secamente, cerrando el cuaderno.

Consultó el reloj y bebió el resto de café que le quedaba. La desinfección ya debía estar terminada. Se despidió de la mesa para ir a su oficina, Rothbard lo siguió.

—Te noto distinto esta semana. ¿Pasa algo, Milton?

—Quiero concluir con el experimento nueve… —dijo, subiendo las escaleras.

Al subir al primer piso, Rothbard lanzó otra pregunta.

—¿Seguro? Te conozco desde hace mucho y sé cuándo algo pasa.

Milton se frenó, miró a Rothbard a los ojos y reanudó el paso.

—El mes pasado se nos informó que si no concluimos con las pruebas y no obtenemos avances con la investigación, el proyecto correrá peligro de ser desfinanciado —explicaba, abriendo puertas a su paso—. No podemos dormirnos en los laureles. El comité espera resultados.

Subieron más pisos y caminaron por el largo pasillo. Varios colegas les saludaban al pasar, pero solo Rothbard les devolvía el saludo. Milton sacó la llave de su oficina al llegar a la puerta.

—Entiendo tu preocupación, pero aún hay bastante tiempo. Estoy seguro que pronto obtendrás resultados.

Milton asintió levemente y se despidió. Al cerrar la puerta, se leían letras grises en la placa: «Dr. Milton Bernstein (Investigación & Desarrollo)».

Encendió las luces de la oficina y dejó el cuaderno sobre el escritorio. Buscó una tiza y escribió en la pizarra el esquema que había elaborado la noche anterior. Al terminar, lo comparó con los otros esquemas fallidos.

—Aún falta algo… —balbuceó, mirando la pizarra fijamente.

Fue a la computadora y la encendió, esperando sus largos minutos en iniciarse. Cargó los datos de su esquema en el programa del laboratorio y ejecutó la primera prueba. Después de varios minutos, la máquina imprimió el resultado.

—Proyecto C.E.P.R. Prueba #1. Estado: Completado. Resultado: Fallido.

Milton agarró el cuaderno y tachó algunos elementos después de leer los detalles de la prueba. Consideró hacer nuevos ajustes, modificando los niveles de los elementos y alterando la secuencia de pasos. Al ejecutar la segunda prueba, esperó impacientemente hasta ver el resultado. Golpeó la mesa al leer la palabra «Fallido».

Se levantó de la silla, se desabrochó el guardapolvo y se aflojó la corbata. Agarró el borrador y limpió la pizarra entera. Luego tomó los manuales teóricos, los apuntes de la investigación y la carpeta del proyecto C.E.P.R. Las horas pasaron mientras releía y estudiaba el experimento, a medida que escribía nuevos esquemas en su cuaderno. Cuando creyó tener la solución, regresó a la computadora para ejecutar las pruebas.

Cargó los datos y comenzó otra prueba. Al cabo de unos minutos, la pantalla se volvió a pintar de rojo. Milton inhaló aire y exhaló lentamente. Tachó el esquema y procedió a probar los otros, pero no obtenía resultados. Sentía calor detrás de la nuca. Miró la hoja y todas las opciones estaban descartadas, a excepción de una última. Tragó saliva y escribió los datos en la computadora, cambiando los componentes y alterando los parámetros. Respiró hondo e hizo otro intento. Mientras esperaba la respuesta de la computadora, reclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. El cuello le dolía y la vista la sentía pesada. Sus pensamientos fueron interrumpidos al escuchar el beep de la máquina, anunciando el fin de la prueba. Abrió los ojos despacio y miró el monitor. Todas las letras estaban pintadas de rojo.

Sin dudar, agarró el cuaderno y arrancó las páginas de los esquemas. Hizo un bollo de papel y la tiró violentamente al cesto de basura, junto a otros papeles descartados. Sacó del bolsillo el paquete de cigarrillos y se puso a fumar en la ventana. Veía a la gente caminar por la vereda, con expresiones tranquilas, sin aparentar tener algún tipo de problema en sus vidas. Mientras lo hacía, recordaba la reunión de las quince horas, en la sala de experimentos. El reloj marcaba la hora del almuerzo. Apagó el cigarrillo y decidió saltarse el almuerzo. Se sentó en la mesa y agarró los apuntes. Releyó el proyecto completo, junto a los fracasos de quienes lo precedieron. Aún con toda la información reunida, sabía que algo estaba faltando. Sin darse cuenta, comenzó a caminar en círculos por la oficina, llevándose la mano al mentón y sin dejar de ver el piso. Al ver el cesto de basura, se detuvo unos segundos.

—¿Y si…?

Sin pensarlo, agarró el cesto y tiró todos los papeles. Buscó entre la basura los esquemas que había desechado y los alisó. Al revisarlos sobre la mesa, supo dónde estaba el error. Rápidamente comenzó a teclear en la computadora, modificando el último esquema, cambiando el orden y volumen de los componentes. Para evitar errores de tipeo, lo revisó tres veces y cuando se sintió listo, dio inicio a la prueba.

Mientras esperaba, golpeaba los dedos contra el escritorio, mirando el icono de la pantalla girar junto al texto: «cargando». Como sabía que la computadora tardaría, se levantó de la silla para estirar los brazos y las piernas. La impaciencia lo estaba dominando, Milton no se atrevía a mirar el monitor por miedo a ver las letras grandes y rojas. El estómago le gruñía de hambre y eso lo hacía ponerse más nervioso.

Por un instante, imaginó al comité y a su equipo si el resultado fallaba. Se preguntaba cómo explicaría sus nulos avances o qué palabras encontraría para decir que el proyecto sería cancelado. El corazón le latía rápido y no podía esperar más. Sin pensar, miró el monitor pero la prueba no había terminado. Sin poder soportarlo, fue a la ventana y sacó el paquete de cigarrillos. Antes de que pudiera encenderlo, el parlante de la computadora lanzó un sonido característico, pero reconocible. El corazón le dio un vuelco. Guardó el paquete y el encendedor para acercarse lentamente. Letras grandes estaban impresas en el monitor.

—Proyecto C.E.P.R. Prueba #17. Estado: Completado. Resultado: Exitoso.

Un alivio desbordado le cayó encima. Milton contempló el resultado de su esfuerzo, materializado en color verde. Se quedó viendo la pantalla por un minuto, hasta que salió de su trance. Miró su reloj y solo faltaban veinte minutos para la reunión. Anotó el esquema en el cuaderno y la pizarra antes de irse.

Recorrió los pasillos, mirando los diferentes departamentos. Algunos estaban cerrados y otros, dejaban escapar voces de reuniones en curso. Al frente, observó un grupo reducido junto a la máquina expendedora. Sacó la billetera para comprar una lata energizante, pero cambió de idea al recordar el protocolo de contaminación. Siguió caminando, aguantando la sed.

A la mitad del pasillo, divisó las puertas correderas de la sala de experimentos. Apoyó la llave electrónica en el panel y las hojas se deslizaron hacia los lados. Al entrar, prendió las luces y los focos largos comenzaron a iluminar el lugar.

La sala de experimentos era amplia y organizada en torno al experimento. Cerca de la puerta se hallaba una mesada larga y equipada con varios monitores conectados a la computadora maestra. Milton dejó el cuaderno sobre la mesa para ir a inspeccionar el experimento.

Rodeada por paredes plásticas, gruesas y opacas, la cápsula se extendía a lo largo de dos metros. En su parte inferior se alineaban varios puertos circulares por donde, a través de conductos y mangueras, llegaban los componentes y químicos que alimentaban el ecosistema interior.

En la parte superior se hallaba un vidrio circular y reforzado que sobresalía de las paredes. Milton intentó ver hacia dentro de la cápsula, pero el líquido espeso no le permitía distinguir nada con claridad.

En los laterales, grabadas en negro, se leían las siglas C.E.P.R.

—Buenas tardes, Milton. No te esperaba tan puntual —escuchó una voz por detrás.

Se dio la vuelta y reconoció a Anderson, el técnico en sistemas del laboratorio y encargado de operar la computadora maestra.

—¿Hoy será nuestro día de suerte? —dijo mientras se sentaba y encendía los equipos. Un zumbido grave y constante llenó la sala, seguido de pitidos breves e intermitentes y del girar forzado de los ventiladores—. ¿Cuándo será el día en que renueven a este dinosaurio? —se quejó en voz baja.

A medida que el sistema operativo se cargaba, Milton le enseñó el esquema a Anderson para luego añadirlo correctamente al programa del laboratorio. A los pocos minutos, ingresaron dos jóvenes técnicos a la sala. Saludaron gentilmente y fueron a revisar la cápsula.

Anderson apenas les devolvió el saludo, ya que tecleaba sin parar. En cambio Milton se les quedó viendo desde su asiento.

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Milton en voz baja.

El teclado dejó de sonar. Anderson los miró por un instante y prosiguió.

—Son los nuevos. Los técnicos están de vacaciones y los dejaron en su lugar.

Después de escuchar eso, los miró como preparaban la cápsula, agarrando los cables y conectándolos a la computadora. Intercambiaban palabras en secreto y se los veía dubitativos. Al ver que uno de ellos se quedó quieto con un cable en la mano por más de un minuto, Milton intervino.

—¡Ese cable se conecta en el panel lateral izquierdo! ¡Debajo de la tapa gris! —dijo, alzando la voz.

Cuando el técnico enchufó el cable en el lugar indicado, levantó su pulgar con una sonrisa. Milton continuó supervisando, ya que no creía que ellos estaban bien capacitados. Los observó detenidamente, hasta que el sonido del teclado de Anderson se detuvo.

—Pará de golpear la mesa con el pie. Me estás desconcentrando —le pidió, señalando la pierna de Milton.

Inmediatamente se detuvo, se levantó de la silla y escuchó risas venir de afuera. La puerta corredera se abrió y vio entrar a Onetti, su compañero de departamento. Se preguntó por qué había venido, ya que nunca venía a estas reuniones. Detrás de él le seguía la doctora, la nueva líder del departamento de Experimentos. Se presentó ante el equipo y fue a supervisar la cápsula, al mismo tiempo que los jóvenes detenían sus actividades y se le quedaban viendo. Milton les chistó a pocos metros y reanudaron el trabajo enseguida.

—No esperaba verte el día de hoy —dijo Milton, viendo a Onetti acercarse.

—Vine a traerte suerte —dijo sonriendo—. Me encantaría ponerle el moño a la cápsula y entregárselo al comité. Precisamente de eso veníamos hablando con Sabrina.

La doctora se acercó ante ellos con interés en analizar el esquema. Se puso a leerlo una vez que Milton le entregó su cuaderno.

—¿Dónde está Morris, Onetti? —preguntó Anderson—. Quiero irme a casa temprano.

—Tiene que estar llegando. Tiene que documentar el experimento nueve —se adelantó Milton en responder.

—¿Qué te parece, Sabrina? ¿Cómo ves el esquema de Milton? —preguntó Onetti, poniendo los ojos sobre la doctora.

—Está correcto… —comentó lentamente—. Lo veo convincente, pero tengo mis dudas con los niveles químicos.

—Quiero ver eso —dijo rápidamente, ubicándose detrás de ella.

Milton encontraba repulsivo el comportamiento de Onetti. Fingía interés en su trabajo solamente para estar cerca de la doctora. Los observó leer el cuaderno y se preguntó qué había notado Sabrina, pero un repentino estallido de cristales resonó en la sala.

Instantáneamente pusieron su atención en la cápsula. A un técnico se le cayó un tanque de agua, rompiéndose el cristal y derramando todo el líquido. Su compañero levantó rápido los cables del suelo para impedir que se mojen. El equipo salió desesperado a socorrerlos. Milton y Anderson desconectaron los cables de la computadora, mientras que Onetti y la doctora arrojaron varios trapos al suelo.

—¿Qué pasó? —preguntó Morris al entrar y ver el alboroto.

—¡Cuidado con los vidrios, cayeron en la cápsula! —vociferó Milton.

—¡Apagá todo, Anderson! ¡Se van a quemar los equipos! —gritó Onetti.

Mientras Milton sacaba con cuidado los cristales, observó con detenimiento manchas rojas sobre la superficie de la cápsula y en el piso. Alzó la vista y vio al responsable del incidente con un corte en la mano que no dejaba de brotar sangre.

—¡Llevenlo a la enfermería! ¡Va a contaminar el experimento!

Sin dudarlo, la doctora se quitó el guardapolvo y le envolvió la mano. Acompañó al técnico a la enfermería y llamó al equipo de desinfección. A los pocos minutos la cuadrilla llegó y les solicitó abandonar la habitación. Milton fue el último en salir y contempló el desastre desde fuera. Agua debajo de los escritorios, mangueras y conductos pisados en el suelo. La cápsula con manchas de sangre y en riesgo de contaminación.

—¡Era sabido que no eran de fiar esos jóvenes! —bufaba Milton.

—Fue un accidente, pudo haberle pasado a cualquiera —dijo Anderson.

Milton no paraba de dar vueltas por el pasillo, viendo a Anderson sentado y a Onetti reportarle lo sucedido al jefe de cuadrilla. En cuanto terminó, se acercó al equipo.

—Nos informarán cuando terminen. Esperemos que podamos continuar el experimento.

—¿Cuánto tiempo les va a llevar la limpieza? —preguntó Anderson.

—¿Y la cápsula? —preguntó también Milton con preocupación.

Onetti largó una bocanada de aire.

—Revisarán los cables y la computadora por riesgo de humedad. En cuanto a la cápsula… —hizo una breve pausa—. Detectaron vidrios cerca de los puertos y manchas de sangre.

Milton tragó saliva, se preparó para escuchar una mala noticia.

—Los puertos son la vía de entrada de químicos al ecosistema. Si el experimento falla y el material peligroso alcanza la cápsula, C.E.P.R. quedará gravemente comprometido.

Milton se llevó las manos a la cabeza, restregándose el pelo y sentándose cerca de Anderson.

—¿Cuánto tiempo, Onetti? —preguntó, cerrando los ojos y la mano apoyada en la frente.

—Una hora. Si todo sale bien —dijo e hizo otra pausa—. De lo contrario, se reportará lo ocurrido al comité y C.E.P.R. será cancelado —finalizó sin agregar más nada.

—Y yo que pretendía terminar temprano —dijo Anderson, despidiéndose para reencontrarse más tarde.

—Tengo llamadas que atender. Nos vemos después —se despidió Onetti.

Después de unos minutos, Milton se levantó del asiento. Caminó en silencio, repasando todo lo ocurrido. Giró a la derecha y divisó la máquina expendedora de antes. El vidrio iluminado reflejaba las latas energizantes. Sacó la billetera y buscó entre todos los sabores el mango, pero solo encontró: naranja, pomelo, limón, uva, manzana, piña… pero no su preferida. Cansado, cerró los ojos y le dio un puñetazo a la máquina.

—¡Milton! ¿Qué hacés? —una voz le habló a su espalda.

Abrió los ojos y vio a Rothbard reflejado en el vidrio. Se dio la vuelta y le contó del incidente y su temor al cierre del proyecto.

—Todo quedó hecho un desastre y por la culpa de un tarado, manos de manteca —maldecía Milton en el trayecto.

Rothbard solo lo seguía en silencio, escuchándolo descargarse hasta notar que caminaban más rápido de lo normal y no estaban yendo a la oficina de Milton.

—¿A dónde estás yendo? —preguntó, bajando las escaleras con prisa.

—A la cafetería. Me muero de hambre.

Eran las dieciséis horas cuando llegaron al bufete. No había nadie aún. Milton se paró en la fila para hacer su pedido.

—Un café doble y un tostado de jamón y queso, por favor —dijo, mientras sacaba la billetera, a lo que pronto agregó: —. No, mejor dos.

—Parece que estamos con hambre —le dijo el empleado sonriendo.

No quiso responderle, recibió el cambio y cuando le dieron la bandeja con su pedido, se sentó en la mesa junto con Rothbard. Agarró cuatro sobres de azúcar y los revolvió en el café. Agarró un tostado y se lo comió en dos bocados. Bebió el café y le ofreció uno a su amigo, pero se negó gentilmente. Luego agarró otro y lo devoró en segundos.

—Tenías hambre —dijo Rothbard, esbozando levemente una sonrisa.

Apenas asintió mientras bebía sorbos de café. Cuando vació el plato y le dio el último sorbo, Milton suspiró holgadamente y se mantuvo pensativo sin decir nada.

—Nos van a despedir, estoy seguro —dijo, mirando a su alrededor.

—¿Por qué decís eso?

—Desde el año pasado no ingresan nuevas investigaciones. El comité ya invirtió demasiado en C.E.P.R. Sin avances y con la cápsula comprometida, el despido es cuestión de tiempo.

—No te adelantes. Esperá al informe de desinfección. Tranquilo.

Apenas levantó la cabeza y se quedó mirando la mesa fijamente. Había pasado media hora y sentía que el tiempo transcurría lentamente.

—¿Cuáles son tus planes para el verano? —preguntó Milton de repente.

Rothbard, que observaba la cafetería, lo miró sorprendido y le habló del paquete que había contratado: un hotel todo incluido con excursiones guiadas. Milton escuchaba atento, cada vez más interesado. Las vacaciones de su amigo sonaban prometedoras.

—Mañana te traigo el folleto. La agencia tiene varios paquetes de viaje.

Milton se quedó pensando en la idea de hacer unas vacaciones. Pensar en un viaje lo hizo olvidar de sus problemas de laboratorio. Le agradeció por la charla y se levantó de la mesa al ver que ya se había cumplido el horario.

En el camino imaginaba playas, ríos, montañas o lagunas; si viajaría en crucero o en avión. La idea del hotel lo había fascinado y, mientras subía las escaleras, calculó cuántos años llevaba sin tomarse vacaciones. Al ver a Onetti en la puerta de la sala, hablando con el líder de cuadrilla, sintió el deseo de escuchar que C.E.P.R. no podría realizarse. Imaginó el laboratorio desmantelado, la cápsula ausente. Si eso ocurría, pediría una pizza para celebrarlo. A la mañana siguiente iría a la agencia de viajes. Caminó hasta la puerta con una leve sonrisa.

—Voy a enviar el informe reportando los daños al departamento. Con permiso —se le escuchó decir al jefe de cuadrilla antes de irse.

—Tenemos noticias, Milton —dijo Onetti, con rostro serio.

—¿Nos vamos temprano?

Onetti se tomó un segundo antes de responder. Se lo veía asombrado.

—Ya terminaron la limpieza y revisión de los equipos. Unos cables se mojaron y tuvieron que cambiarlos.

Milton lo escuchaba en silencio, con una atención apenas simulada.

—Acerca de la cápsula… —continuaba, haciendo una pausa.

—¿Perdimos a C.E.P.R.? —se le adelantó Milton.

Onetti lo miró desconcertado. Se quedó mudo otra vez y prosiguió:

—No han podido confirmar si la cápsula fue contaminada. Estoy preocupado —finalizó, mostrando por primera vez preocupación por el experimento.

Milton lo miró y asomó la cabeza para ver el interior de la sala. El equipo estaba reunido y en sus posiciones. Observó la cápsula y notó que ya tenía colocados los tanques de agua y de oxígeno. Las mangueras habían sido reemplazadas, al igual que los cables.

—La cápsula está sellada, Milton. No creo que el ecosistema haya sido afectado —continuaba Onetti—. Si nos echamos atrás ahora, entonces será el fin del proyecto. ¿Qué hacemos? —preguntó finalmente.

Casi se le escapa a Milton una sonrisa al escuchar «fin del proyecto».

—Terminemos con esto, Daniel —dijo, dándole la espalda y entrando a la sala.

Se reclinó en la silla que estaba al lado de Anderson y lo escuchó teclear mientras preparaba el programa. Al mismo tiempo, la doctora se le acercó.

—Disculpe, pero me atreví a escribir algunas observaciones. Luego me interesaría conocer su opinión —le dijo, entregando el cuaderno a Milton.

—No hay problema, Sabrina. Luego lo revisamos.

La doctora sonrió al escuchar eso y le dio la espalda. Anderson estaba tan concentrado en su tarea que no vio a Milton tirar lejos el cuaderno.

—¿Ya estamos listos para iniciar el experimento nueve? —se acercó a preguntar Onetti.

El equipo asintió, menos Milton que estaba mirando el techo. Morris se acercó a la cápsula y encendió la grabadora para documentar.

—Mi nombre es Tomás Morris. Damos comienzo al experimento nueve, el día dos de enero de mil novecientos ochenta y cinco —luego procedió a levantar el pulgar.

Anderson inició el programa y prontamente se encendieron varios focos alrededor de la cápsula. Los tanques de agua comenzaron a drenarse junto al oxígeno e ingresar al ecosistema por medio de las mangueras.

—Etapa uno completada con éxito. C.E.P.R. ha recibido los componentes.

Anderson y la doctora observaban en los monitores cómo las métricas del experimento ascendían mientras controlaban los niveles químicos. Por su parte, Milton recordó que se estaba por quedar sin cigarrillos.

—Inicio de etapa dos. La cápsula empieza a reaccionar ante el nuevo esquema. Presenta una notable mejoría ante el esquema —documentó Morris, mirando el vidrio sobresaliente de la cápsula.

Milton, que miraba ahora el piso, hizo una mueca y luego observó a su equipo. Todos estaban atentos mirando el experimento y revisaban los monitores. Todo indicaba ir bien para la siguiente etapa.

—Pasaron cinco minutos y C.E.P.R. superó la etapa dos. Iniciamos la etapa tres, incrementando parcialmente el voltaje.

Las métricas volvieron a elevarse, mostrando el pico de subida en los monitores. La doctora tomaba notas mientras que Onetti sonreía con los resultados. Morris levantó el brazo derecho y mostró la palma de su mano. Lentamente, fue bajando los dedos uno por uno, iniciando la cuenta regresiva. Milton se preguntó si en el otro brazo llevaba un Rolex y cómo aquel viejo podía costearlo con su salario.

Cuando su puño quedó cerrado, Anderson elevó el voltaje al máximo. El equipo emitió un zumbido grave y constante, y las luces brillaron con tanta intensidad que Onetti apagó la luz de la sala.

—¡Iniciamos la última etapa! ¡Estamos alerta a la reacción final! —dijo Morris gritando, debido al ruido ensordecedor.

Todos se quedaron viendo atentos a la cápsula. La misma se encontraba estática en su sitio, pero por dentro se escuchaban ruidos de que algo se movía. El ecosistema ya estaba vivo y reaccionando. Era cuestión de tiempo para que todo terminara, solo restaba esperar un poco más.

—Qué tranquilo estás —le dijo Anderson de repente a Milton, apartando la vista de las pantallas—. ¿Dónde se metió el malhumorado que conozco? —bromeó su compañero.

Milton soltó una risita.

—De vacaciones —le dijo, pero Anderson no le escuchó por el ruido.

—¡Vengan a ver esto! —gritó Morris de pronto, señalando el cristal de la cápsula—. ¡Está cambiando de color!

—¡Se está poniendo azul! —exclamó Onetti.

—¡Y además está borboteando! —agregó la doctora—. Eso sólo significa que…

No pudo terminar la frase que un chispazo saltó de la computadora, al mismo tiempo que los cables comenzaron a quemarse y prenderse fuego. Las luces de la cápsula se apagaron, al igual que la computadora. Todos comenzaron a gritar cuando se quedaron a oscuras, pero Milton fue lo suficientemente rápido para ir al panel eléctrico y bajar la térmica. El rociador de incendios no tardó en activarse, rociando toda la sala con agua. Anderson sacó una linterna del cajón y abrieron la puerta corredera manualmente. La cuadrilla de desinfección se hizo presente a los pocos minutos y el resto del equipo se sentó a observar afuera cómo limpiaban el desastre ocurrido.

Milton miró a su izquierda y vio a Anderson mirando el piso. Pensó que estaría lamentándose por la computadora maestra, ya que el departamento no podría conseguir otro equipo como ese. Luego miró a la derecha y encontró a la doctora revisando sus notas, seguramente buscando la falla del experimento. Finalmente se quedó contemplando a Onetti, que iba de un lado a otro, hablando en voz baja.

—No lo entiendo… —dijo la doctora, casi murmurando—. Debía haber funcionado… —decía, repasando las notas una y otra vez.

Milton colocó su mano en su espalda y la acarició un instante. Luego le dio unas suaves palmaditas con plena confianza.

—Bienvenida a C.E.P.R. —le dijo, mientras se levantaba para salir afuera a fumar.

No llegó a sacar el paquete del bolsillo ya que la puerta del pasillo se abrió de repente. Rothbard venía a lo lejos, trayendo algo entre las manos. Todos le vieron llegar y Milton se sorprendió al verlo con una lata energizante de mango.

—Te noté decaído hace rato. A lo mejor esto te resucita—le dijo, dándole lata y observando a la cuadrilla dentro de la sala—. ¿Qué pasó acá? —preguntó asombrado.

Milton destapó la lata, dio un sorbo largo y exhaló con refrescante alivio. Cuando se dio cuenta de lo que dijo su amigo: «esto te resucita», miró adentro de la sala y comenzó a reírse a carcajadas.

—Agustín Rothbard, damas y caballeros —dijo Milton riendo ante todos, recibiendo expresiones y caras largas—. Acompáñame a mi oficina y te cuento el resto de la historia.

Ya eran las dieciocho horas, horario de salida. Después del fracaso del experimento, Milton borró las últimas letras de la pizarra para luego despedirse de su oficina.

—¿Qué vas a hacer mañana? —le preguntó Rothbard mientras salían.

—Vacaciones, amigo. Me voy de vacaciones.

—Me alegra escuchar eso. Trabajar tanto en ese esquema te quemó la cabeza.

Milton se detuvo inmediatamente.

—¡Mi cuaderno! Lo dejé en la sala y lo necesito para hacer mi reporte —suspiró—. Voy a tener que ir a buscarlo arriba. Mejor nos despedimos acá.

Rothbard le estrechó la mano y bajó las escaleras. Milton volvió a subir los pisos hacia arriba, intentando recordar dónde lo había tirado. Luego pensó en el agua e imaginó que podría estar mojado y desecho. Con prisa subió las escalinatas y corrió por los pasillos. A lo mejor, la cuadrilla lo habría encontrado y debía llegar antes de que se fueran.

Cuando llegó al piso de experimentos, se resbaló y se golpeó la cabeza con la puerta. Quedó tendido en el suelo e inconsciente. Una vez que despertó, vio que su reloj marcaba las diecinueve horas. En el suelo había mucha agua derramada, pero era de un color azul. Al levantarse, observó que los pisos y las paredes estaban manchados con un tipo de huella extraña. Lentamente caminó con una mano en la cabeza, aguantando el dolor con dirección a la sala. Mientras avanzaba, notó desorden por todas partes. Desde puertas abiertas, sillas y mesas tiradas, ventanales rotos y ninguna señal del personal del laboratorio. Caminó con cuidado, evitando cortarse con los vidrios y divisó más huellas por las paredes. Fue sospechando cada vez más de lo que pasaba a medida que se recuperaba de su contusión.

En el camino se topó con la oficina de Onetti. La puerta estaba levemente abierta, pero no había nadie. Sólo destrucción total. Lo mismo ocurrió cuando llegó a la oficina de la doctora. Ella no estaba, pero los muebles y sus pertenencias estaban deshechos por todos lados. Al salir de la habitación, comprendió que debía ser el único aún en el edificio. Tomó coraje y fue directo a la sala de experimentos.

A medida que se acercaba, el agua azul se acumulaba en el piso. Las huellas se multiplicaban, al igual que el caos en todo el nivel. Al llegar a la puerta corredera, la abrió despacio y una ola de agua azul le empapó los pies, acompañada de un olor nauseabundo. Al mirar el interior confirmó lo que temía: muebles rotos, cables desparramados y cortados, la computadora maestra hecha pedazos, monitores en el suelo junto al teclado y el mouse.

Y la cápsula… abierta.

La superficie sellada estaba partida y el ecosistema, libre: viscoso, asqueroso. En el suelo yacían los tanques vacíos, hechos añicos. Milton alzó la vista y vio, en lo alto del muro, la pared quebrada junto a la ventila de aire. C.E.P.R. había escapado. El experimento nueve sí fue un éxito.

De entre todo ese desastre, Milton encontró su cuaderno detrás de un mueble. De milagro el agua no le alcanzó y lo pudo recuperar. Al levantarlo, un estruendo se escuchó en el piso de abajo.

—Ahí estás… —murmuró.

Abrió la carpeta de C.E.P.R. y repasó el protocolo. Si los datos eran ciertos sobre la investigación, Milton podría salir del edificio. Bajó los peldaños de la escalera con sigilo y al llegar al piso de abajo donde ocurrió el estruendo, se asomó a ver desde la baranda.

La máquina expendedora yacía en el suelo, con el vidrio destrozado y las latas energizantes partidas por la mitad. Con alivio, comprobó que no había rastros de líquidos azucarados en el pasillo. Cerca de allí encontró botellas de agua intactas, desparramadas por el lugar.

—Te encanta el azúcar, al igual que a mí… —dijo en voz baja, dirigiéndose al siguiente piso.

Bajó nuevamente por las escaleras hasta el área de enfermería. Las manchas azules marcaban el camino; las siguió hasta el almacén. Allí entendió que el experimento había ido directo a las provisiones médicas.

Finalmente le siguió el turno al piso de la cafetería. La encontró desierta, en orden. A lo lejos divisó la salida y caminó sin hacer ruido. De fondo, oyó el sonido de botellas de vidrio rompiéndose y supo que C.E.P.R. estaba haciendo trizas la cocina. Faltando solo unos metros para llegar a la puerta, una masa blanquecina impactó en la pared. Se deslizó lentamente hacia el suelo, dejando rastros viscosos. Reconoció que se trataba del vitel toné de Muller.

Se atrevió a darse la vuelta y contempló el resultado de su exhaustivo trabajo. C.E.P.R. lo miraba, con sus cientos de ojos, patas largas y de cola puntiaguda. Con una boca grande y prominentes colmillos. Una baba azul se desprendía de su piel. Era el engendro más asqueroso y repulsivo que había visto en su vida. Y gracias al esquema de Milton, había cobrado vida.

No quiso ponerlo a prueba. Salió huyendo inmediatamente hacia la puerta y por detrás lo escuchó gruñir. Por el sonido de sus patas, sabía que estaba a punto de alcanzarlo. Afortunadamente, el alboroto alertó al guardia de seguridad e intercambió miradas con Milton.

—¡CERRÁ LA PUERTA! ¡CERRÁ!

El guardia no entendió por qué gritaba como loco, hasta que alcanzó a ver lo que lo perseguía por detrás. Corrió hacia la cabina y pulsó el botón de la persiana, que descendió velozmente. Milton estaba seguro de que no lograría salir sin que C.E.P.R. lo atrapara antes. Metió la mano en el bolsillo y buscó su paquete de cigarrillos. Lo arrojó hacia atrás y saltó hacia la salida, justo antes de que la persiana se cerrase.

—¿Qué carajo es eso? —preguntó el guardia agitado.

Milton miró el edificio por unos segundos y caminó rápido al estacionamiento. El hombre, alarmado, le siguió hasta el auto buscando respuestas.

—Tranquilo, C.E.P.R. no es letal. Solamente tiene preferencias por las sustancias adictivas como la cafeína, la nicotina, el azúcar, el alcohol, las drogas… al igual que nosotros. —le explicaba, sacando las llaves del bolsillo.

El guardia seguía sin entender una sola palabra y se volteaba cada segundo a mirar el edificio.

—No hay peligro de muerte —encendió el auto—. Por ahora.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó el guardia.

—Nada, nos quedamos sin trabajo. Para mañana el edificio seguro estará en ruinas —dijo calmadamente—. Sugiero que empieces a buscar trabajo.

El guardia se quedó en silencio, atónito. Cuando Milton le puso el primer cambio al auto, el guardia salió de su asombro.

—Espera… —puso una mano sobre el capó—. ¿C.E.P.R.? ¿Qué significa eso?

—Cuerpo encontrado para resucitar —le respondió.

Milton aceleró y jamás volvió a trabajar en ese edificio.

FIN