El auto rojo
Un cálido atardecer caía lentamente sobre la ciudad. Las calles estaban prácticamente desiertas. Los negocios comenzaban a bajar las persianas y los pueblerinos que paseaban por la plaza se ponían en marcha para volver a casa. Era febrero de 1985. Un domingo más en Santa Lucía.
La patrulla policial, que iba de camino a la comisaría, se había frenado en el semáforo de la calle Agüero. A solo cinco minutos para las ocho, un Dodge GTX de color rojo apareció a su lado.
—¡Mirá eso! —dijo el conductor, señalando el vehículo a su izquierda al acompañante.
—Hermosa carrocería. —respondió, inclinándose para verlo mejor—. Mi cuñado tiene uno igual en San Pedro.
Se quedaron mirándolo hasta que el semáforo se puso en verde. El Dodge avanzó primero, dejando escapar un ronquido controlado y poniéndose delante de ellos.
—Una pena que ya no los fabriquen —dijo el acompañante.
—Más pena me da que mi sueldo no me alcance para tener uno —respondió el conductor, sin quitarle los ojos de encima al vehículo.
La patrulla iba por detrás, contemplando la chapa elegante y el color de la pintura. No aparentaba tener raspones o marcas. Cuando el Dodge aceleraba, el V8 respondía con un sonido que se imponía sobre el resto del tránsito. El escape dejaba escapar un vapor tenue bajo la luz del atardecer.
Cuando llegaron a la avenida, el Dodge ya les había sacado ventaja. Estaba primero en el carril, junto a otro vehículo. Detrás de ellos, dos autos los separaban de la patrulla. Mientras esperaban a que cambiara el semáforo, los peatones intercambiaban miradas hacia el auto rojo al cruzar la calle.
—Hacía tiempo que no veía un coche así en este pueblo.
—Va a ser mejor que te despidas. En la próxima cuadra doblamos.
El conductor se quedó mirando fijamente al vehículo. A pesar de la distancia, alcanzó a ver al conductor por el vidrio trasero. Parecía buscar algo: palpaba el tablero y hurgaba entre los asientos. Cuando se volvió hacia las butacas traseras, alzó la vista. Sus ojos se cruzaron con los del oficial. De inmediato se giró y apoyó ambas manos sobre el volante.
El semáforo seguía en rojo y todavía quedaban peatones cruzando la calle. De pronto, un acelerón rompió el aire. El Dodge rugió con vehemencia y salió disparado, sin esperar el semáforo. Los transeúntes corrieron a la vereda y miraron, asustados, cómo se alejaba. Las sirenas se encendieron al instante.
—Abróchate el cinturón.
Los conductores escucharon la sirena y los bocinazos de la patrulla. Se movieron hacia un costado, permitiendo el paso, comenzando así la persecución.
—Central, móvil tres en seguimiento de vehículo rojo, Dodge GTX, cruza semáforo en avenida Álamos, dirección norte. Solicito apoyo.
Aceleraron lo suficiente y vieron al auto rojo esquivar y sobrepasar a los vehículos a la distancia. No frenaba en los semáforos y doblaba bruscamente en las esquinas.
—Central, dirección centro, continúa a alta velocidad y se dirige a la peatonal principal.
Los peatones se alertaron por el rugido del V8 y observaron al Dodge entrar a la calle ferozmente. Tan pronto pisó el asfalto de la peatonal, no desaceleró en ningún momento. La gente corrió a la vereda a los gritos. La patrulla venía por detrás y en la calle resonaba la voz del oficial por el altavoz.
—¡Detenga el vehículo! ¡Oríllese de inmediato!
El conductor no obedeció. Aceleró más, dejando salir nubes grises de los escapes.
Al final de la peatonal, una fila de autos detenida por el semáforo bloqueaba la salida.
—Prepárate. Ahora lo tenemos.
El Dodge redujo la velocidad, no tenía forma de seguir avanzando. Cuando se detuvo la patrulla frenó, cerrándole el paso por atrás.
Antes de que los oficiales pusieran un pie en el asfalto, el V8 bramó con furia. Las ruedas traseras chillaron al perder tracción y una bocanada de humo blanco, espeso, se elevó desde el pavimento. El olor a goma quemada les golpeó la cara incluso antes de que el auto terminara de salir disparado.
Se subió a la vereda y arrasó con todo. Mesas y sillas volaron hacia la calle; otras se incrustaron contra las vidrieras, que estallaron en una lluvia de vidrio. Los clientes corrieron a los locales, tropezando entre sí, mientras algunos apenas lograban apartarse del vehículo que avanzaba sin frenar.
En medio del caos, un ciclista no alcanzó a reaccionar. El Dodge le rozó la rueda trasera y el impacto lo hizo volar contra la acera. El golpe lo dejó aturdido, escuchó los bocinazos de la fila de autos y vio pasar con prisa a la patrulla.
—Central, móvil tres. Vehículo en conducción temeraria, múltiples daños. Ingresa a Belgrano. Refuerzos y servicio médico en peatonal Flores por posibles lesionados.
—Copiado, móvil tres. Las unidades van en camino.
Ingresó a la avenida, sobrepasando a los vehículos mientras le tocaban bocinazos. La policía seguía con la sirena encendida, pero era opacada por el rugido del V8.
El cruce estaba obstruido: un camión bloqueaba el paso junto a un auto detenido. La patrulla intentó cerrarle la salida, pero el Dodge frenó de golpe y, con un giro brusco del volante, se desvió hacia la plaza principal.
Trepó otra vez a la vereda y pisó el acelerador sin titubear. Los arbustos crujieron bajo el peso del auto; la tierra y las plantas salieron despedidas mientras avanzaba abriéndose camino entre los arbustos. Los niños que jugaban en las hamacas gritaron cuando lo vieron arrollar la zona de juegos. Sus caras se iluminaron por destellos azules y rojos al ver a la patrulla en acción.
La gente que caminaba por los alrededores se apartó rápido del camino, provocando que el auto rojo doblara en varias direcciones. En consecuencia, se llevó puesto los bancos de madera y cestos de basura.
Un abuelo que paseaba a sus nietos se le apareció por delante, giró bruscamente y chocó la puerta del acompañante contra la fuente de agua. Cuando aceleró, la carrocería crujió y la pintura roja se desprendió de la chapa, dejando caer algunos vidrios sobre la tierra. Tomó velocidad y abandonó la plaza, dejándola en llantos y gritos.
—Central, móvil tres. El vehículo abandona la zona céntrica. Toma rumbo a Camino Rural Norte.
—Móvil tres, recibido. Apoyo en Ruta Cinco. Intentaremos cierre. Continúe.
—Ya quiero conocer a este tipo… —murmuró el oficial, sin perderle el rastro.
El Dodge mantenía su velocidad, excediendo sus límites y cuidándose de no chocar. Las esquinas se volvían peligrosas, pero estaban saliendo de la zona urbana y tenían el rumbo puesto a la salida de la ciudad. Los faroles de la calle iban disminuyendo, a medida que la luz del sol bajaba.
Los vecinos que salieron a regar las plantas escucharon las sirenas y vieron a los autos pasar con velocidad. Las hojas de los árboles se levantaron, al igual que el polvo de la calle y marcas de neumáticos sobre la acera. El olor a goma quemada invadió el vecindario, dejando inquietud a su paso.
Las últimas luces del pueblo quedaron atrás. El asfalto se volvió recto y oscuro, rodeado de alambrados y galpones aislados.
A lo lejos, dos móviles atravesados cerraban el paso en la salida hacia la Ruta Cinco. Las balizas encendidas marcaban el límite.
El Dodge redujo apenas la marcha.
—Móvil tres, tenemos cierre frontal. Prepárense para la intercepción.
La patrulla acató la orden y aceleró. El conductor vio las luces atravesadas bloqueando la ruta. Dobló a la derecha violentamente, intentando escapar por la banquina con dirección a una granja. El Dodge desaceleró drásticamente al salir del pavimento y entrar en la tierra, lanzándose hacia el cerco del campo.
El ruido del V8 se pronunció con toda su fuerza, pero no fue lo suficiente. Un golpe seco se escuchó, seguido de maderas resquebrajarse y la bocina del Dodge sonando sin cesar.
Los policías bajaron del patrullero y corrieron a asistir al conductor. Yacía desplomado sobre el volante. Gotas de sangre le caían por la frente, presentando signos de inconsciencia.
—¡Necesitamos una ambulancia! —gritó el oficial al resto de oficiales.
—Tranquilo, ya está en camino —dijo uno de los policías, apuntando con su linterna al hombre herido.
Se trataba de un hombre mayor, con pelo corto y con la apariencia de tener entre cuarenta y cincuenta años.
Revisaron sus signos vitales y la respiración. Comprobaron que estaba vivo y cuidadosamente lo recostaron hacia atrás. La bocina dejó de sonar. Al poco tiempo, la ambulancia llegó a la escena y junto a los paramédicos, lograron retirarlo del vehículo y acostarlo en una camilla. A los pocos minutos lo llevaron al hospital más cercano.
El resto de policías se quedó en la escena, custodiando el Dodge y esperando a que la grúa venga para trasladarlo al depósito judicial. Mientras esperaban, escucharon atentos la historia de la patrulla que persiguió al auto rojo. Desde el comienzo por la avenida, los destrozos de la peatonal y el horror de la plaza principal. No podían creer la historia y miraban de reojo al auto dañado.
Cuando llegó la grúa, entre varios ayudaron al gruista a montar los cables y enganchar el vehículo. Cuando estaba todo listo, el operador accionó el botón y el auto empezó a subir lentamente hacia la grúa. Fue entonces que escucharon unos fuertes golpes del baúl.
—¡Pará la máquina! ¡Hay alguien dentro del auto! —gritó un oficial.
Rápidamente frenaron todo y se subieron a la grúa. Golpes acelerados y frenéticos se escucharon desde dentro.
—¡Las llaves, traigan las llaves!
Introdujo la llave tan pronto se la alcanzaron. Giró la llave pero el baúl estaba trabado. Los golpes desde dentro se intensificaron. Trajeron una palanca y entre varios hicieron fuerza para abrir la puerta.
Entre la oscuridad, un cuerpo salió del auto. Buscaba donde sostenerse, al mismo tiempo que intentaba respirar. Llevaba el cabello largo y se llevaba las manos a la boca, intentando toser. Alumbraron con sus linternas y vieron el rostro de una adolescente, repleta de moretones en la cara y en el cuerpo.
—Central… tenemos una persona en el baúl. Repito, persona viva en el baúl.
Se hizo un silencio hasta que respondieron del otro lado.
—Móvil tres, confirme.
El oficial observó a la joven, arrodillada en el suelo, respirando con dificultad.
—Central, posible secuestro. Repito, posible secuestro. Solicito presencia de Investigaciones en el lugar. Cambio.
Al día siguiente, un hombre bajó de su auto al estacionar en la comisaría. Empujó la puerta sin detenerse en el mostrador y escuchó los teléfonos sonar. Varias personas estaban en el lugar, quejándose y reportando el incidente que habían sufrido la tarde anterior.
Rápidamente entró en la sala, donde el comisario le esperaba. Fueron al despacho y desenchufaron el teléfono.
—Llegaste justo, Guillermo. Nos cayó un meteorito en Santa Lucía.
—Hábleme del siniestro.
—Ayer a las veinte horas un Dodge GTX de color rojo se pasó un semáforo en la calle Agüero. Los oficiales buscaron detenerlo y la persecución terminó en destrozos por todo el pueblo.
Linares tomaba nota.
—¿Heridos?
—Tenemos quince personas que reportaron lesiones en la principal y la plaza. Esperamos recibir más… —dijo, mirando el teléfono apagado.
—¿El conductor ya fue identificado?
El comisario asintió, dándole la ficha.
—Víctor Herrera. Cuarenta y tres años. Soltero. Sin hijos. Sin empleo declarado. Con domicilio en Aresqui 3218, Santa Lucía.
—¿El Dodge le pertenece?
—Sí. Modelo 1973. Lo compró este año.
—¿Dónde está ahora?
—Después del choque quedó inconsciente. Entró al hospital San Antonio con traumatismo encéfalo-craneano. Esta mañana nos avisaron que empeoró —hizo una pausa, mirando a Linares—. Está en coma inducido.
—¿Y el vehículo?
—En el depósito judicial, siendo peritado. Y ahí empieza nuestro problema, Guillermo —respondió, sosteniéndole la mirada—. En el baúl había una chica. Todo apunta a un secuestro —un silencio se propagó, a lo que el comisario agregó—. La examinaron y tiene traumatismos leves en cabeza, rostro y hematomas en las piernas.
—¿Ya fue identificada?
—No y eso es lo peor. Dice que se llama Ana, pero sufre de amnesia. No sabe quién es ni dónde vive. Ni puede decirnos cómo llegó al baúl.
—¿Dónde está ahora? ¿En el hospital?
—No necesitó hospitalización. Está en la oficina de Molina. La Policía Científica tomó sus huellas anoche. Aguardamos los resultados.
—¿Y la lista de desaparecidos?
—Ya revisaron y no hay denuncias de una adolescente desaparecida.
Golpearon la puerta, notificando por otro llamado acerca del auto rojo. Linares se levantó de la silla.
—Linares, esperá —dijo, buscando en el cajón de su escritorio—. Encontraron esto en la guantera — Sobre la mesa colocó una bolsa de pruebas. Dentro yacía el metal oscuro de un revólver .38—. Seis cartuchos, listo para disparar.
El inspector agarró el arma, mirándola detenidamente.
—La orden de allanamiento está en camino. Averigüemos lo que está pasando, Guillermo —declaró seriamente, enchufando el teléfono.
Linares salió por la puerta junto con la carpeta de la investigación. Caminó hacia el pasillo con rumbo a las oficinas. La oficial Molina lo cruzó.
—Linares, imagino que hablaste con Gallardo.
—Correcto, me dirijo a ver a la chica.
Ella le dijo que estaba en su oficina, adicionalmente le entregó su informe médico. Linares caminó al fondo del pasillo y entró por la puerta. La joven se despertó cuando prendió la luz del cuarto.
—Buenos días.
—¿Qué hora es? —preguntó somnolienta.
—Nueve de la mañana —le respondió, mientras le pedía que se levantara.
Linares le sirvió un vaso con agua. Abrió la carpeta del caso a lo que ella intercambiaba miradas con él.
—Me llamo Guillermo Linares, soy el inspector de la comisaría. Tomá asiento, por favor —al sentarse, agregó—. Estoy al tanto de tu amnesia. ¿Cómo estás hoy?
Ella le sostuvo la mirada. Se llevó la mano a la cabeza y a la frente.
—Golpes, muchos golpes y rápidos —comenzó diciendo—. Todo estaba oscuro. Me acuerdo que me desperté escuchando un ruido monstruoso.
—La persecución —le insinuó.
La joven asintió, sin quitarle los ojos de encima a la mesa.
—¿Recordás cómo llegaste al baúl?
—No… solo me acuerdo que desperté dentro.
—Entiendo… —dijo Linares, anotando la información en su libreta.
—¿Cuándo me voy a poder ir? —preguntó de repente.
—¿Te acordás la dirección de tu casa? —contestó, mirándole a los ojos.
Un rostro con incertidumbre lo miró, bajando la cabeza sin decir nada. Linares arrancó unas páginas de su libreta, al mismo tiempo que buscaba un lapicero.
—Intentemos algo —dijo, poniendo todo sobre la mesa—. Si te acordás de algo, anótalo. No importa si no tiene sentido. Luego lo revisamos y lo ordenamos. ¿Te parece bien, Ana?
La chica se quedó mirándolo. Agarró el papel en blanco y sacó una lapicera. Inmediatamente le preguntó si podía dibujar. Él asintió, a lo que ella agarró el lapicero con entusiasmo.
Salió de la habitación. La oficial Molina lo esperaba afuera.
—Llegó la orden de allanamiento. Están listos para salir.
Sin más, Linares salió al estacionamiento y se subió al auto. Las patrullas salieron con él, rumbo a la calle Aresqui. Prendió la radio, buscando la estación matutina. Le subió el volumen al escuchar la voz del locutor.
—Nuevamente seguimos con más información sobre lo que pasó ayer en Santa Lucía. Un domingo que terminó en caos cuando un conductor, al mando de un Dodge GTX rojo, atravesó el centro a alta velocidad mientras era perseguido por un móvil policial.
Linares cruzaba la avenida Agüero, lugar donde todo había comenzado. La radio compartió varios testimonios de la gente.
—Caminaba por la peatonal. Salía de la heladería con mi sobrino cuando escuchamos los estallidos —comentó un oyente, luego otro se sumó—. ¿Cómo te parece que voy a estar? Ese inconsciente me rompió todo el local. Casi atropella a uno de mis empleados. De milagro no ocurrió una tragedia.
Al salir de la avenida, Linares vio los destrozos en la peatonal. El locutor seguía acumulando testimonios.
—Ahí viene “el auto rojo”, ahí viene “el auto rojo” —citaba un oyente—. Me gritaba mi hija desde la hamaca. Entramos en pánico cuando el coche entró a la plaza —relató una madre.
—Mucha bronca tengo. Estaba cenando en el restaurante de la peatonal. Una silla entró volando y casi le impacta en la cabeza de mi papá. Ochenta años. Casi lo mata.
Linares aceleró la marcha para salir de la zona céntrica. Al poco tiempo llegó al vecindario de la calle Aresqui. Se destacaba por ser un barrio tranquilo, con casas de una planta, de frentes amplios y con árboles a la vista. Pronto entrecerró los ojos para encontrar la altura 3128. Algunos perros salían a ladrarle desde la reja al verlo pasar.
Las patrullas que iban por delante se estacionaron. Identificaron la casa del sospechoso. Los oficiales se bajaron y el operativo inició enseguida. Un grupo se apostó frente a la vivienda, mientras que otro se ocupaba de buscar testigos para el allanamiento.
Estacionó el auto y miró la fachada. Era una casa descuidada y vieja. Con dos ventanas y persianas bajas, una puerta de entrada y un pórtico. Del otro lado estaba un portón grande, que daba al garaje de la casa.
Linares se bajó y cruzó la vereda de enfrente. Tocó el timbre y una señora se asomó por la ventana, preguntándole quién era y qué necesitaba. Él se presentó, explicándole que buscaban vecinos para un allanamiento.
—¿Es por lo del auto rojo? —preguntó sorprendida.
Linares asintió. La vecina se tardó unos minutos en salir, en lo que el resto de los oficiales habían conseguido a varios testigos. Le hicieron la seña que iban a comenzar con el allanamiento.
—¡Policía! ¡Tenemos una orden de allanamiento! ¡Abra la puerta! —gritó el oficial, acompañado por la brigada y los testigos—. ¡Si hay alguien dentro, abra!
Los hombres trajeron el ariete y los vecinos se apartaron. Cargaron contra la puerta, moviendo ligeramente el marco. Tomaron más impulso y volvieron a arremeter. Pedazos de madera salieron volando y la puerta quedó en el suelo. Rápidamente ingresaron a la casa.
—¿Qué pasó con Víctor? —preguntó la vecina, saliendo de su casa.
Linares se dio la vuelta, sacó su libreta del bolsillo.
—Lo estamos investigando. ¿Usted lo conoce?
Ella le respondió que apenas sabía de él. Vino al vecindario hace unos meses y de vez en cuando lo veía cuando sacaba la basura. La vecina, delgada y bajita, se llamaba Clara Navarro. Era maestra, jubilada y fotógrafa, nacida en Santa Lucía. Linares tomaba nota, en lo que le preguntaba si había visto a Víctor en compañía de otras personas. Ella se quedó pensando, pero una voz llamó al inspector desde la otra calle, pidiéndole que venga.
El oficial lo esperaba en la entrada y juntos ingresaron al domicilio de Víctor Herrera. Un pasillo dividía dos áreas. Un living con dos habitaciones y un baño. Del otro lado, estaba la cocina y el comedor. Y en esa misma sala, estaba la puerta que comunicaba al garaje.
El oficial lo guiaba mientras Linares inspeccionaba el lugar. Encontraba desorden, muebles cubiertos de polvo y paredes descascaradas por la humedad. Un chirrido sonaba al abrir las puertas. Le comunicaron que la casa estaba despejada, sin señales de violencia.
Al entrar en la cocina, el inspector se tapó la nariz con el brazo. Una docena de moscas volaban alrededor y los oficiales estaban reunidos cerca de la heladera. Algunos llevaban sus máscaras puestas.
—La puerta estaba abierta cuando llegamos.
Al acercarse, vio que la heladera tenía botellas de agua y muchas bolsas llenas de dudosa carne podrida El oficial le informó que la Policía Científica estaba en camino.
El hedor fue tan fuerte que Linares salió al patio a tomar aire. Los testigos civiles lo acompañaron y él les preguntó si conocían a Víctor Herrera. Negaron con la cabeza. Luego miró el patio cubierto de: plantas, macetas, una parrilla grande y con medianera alta. En el fondo había una segunda casa, donde inspeccionaba el resto de la brigada.
Caminó hasta allá y encontró la puerta de entrada en el pasto. Un oficial lo vio acercarse y levantó la puerta. En algunas partes estaba rota y agrietada, signos del ariete de los oficiales. Pero el hombre le enseñó la parte de atrás y Linares notó múltiples rasguños y rayaduras en la superficie. Se agachó a examinar y preguntó si había mascotas. El hombre le dijo que no.
Dejaron la puerta en el pasto y entraron a la vivienda. Era pequeña y la entrada daba a un pequeño living con apenas pocos muebles, un sofá y un tocadiscos a la vista. El oficial ordenó a la brigada retirarse, seguidamente entraron a un dormitorio que contaba con baño privado. Inmediatamente él hombre se agachó para buscar algo debajo de la cama y sacó unas correas de contención.
Linares lo examinó, evaluando si el sospechoso pudo haberlo utilizado con la joven secuestrada. Le dio un vistazo al cuarto que contaba con cama matrimonial, un placard, mesa de luz y un banco de madera.
Luego entraron a revisar el baño. Encendió la luz y vio una tina con manchas de suciedad, azulejos caídos, botellas de shampoo y jabones tirados. En el piso se encontraban varias bolsas transparentes, con gotas de agua en su interior. Levantó una y reconoció que eran bolsas de hielo. Miró al oficial y éste le acercó el cesto de basura donde había más bolsas dentro, seguido de: papel higiénico, cotonetes y pelos.
—Parece que hay cabello humano en el fondo —dijo el oficial, sosteniendo el cesto.
Dejaron la evidencia en su lugar y regresaron al living. Quedaba una habitación por revisar y se trataba de una oficina. En el centro había un escritorio grande y viejo. En las paredes colgaban estanterías repletas de libros. En el suelo, una caja de cartón estaba abierta. Adentro había más libros, todos escritos en inglés.
Revisó las estanterías y leyó algunas tapas: Introducción a la química, atlas de anatomía humana, la vida de la célula, entre otros. Varios estaban gastados, con polvo, páginas arrugadas y manchas de suciedad. En cambio los de la caja estaban más limpios y cuidados.
Preguntó si quedaba algo por revisar y clausuraron la casa, a la espera de los peritos. Ya para ese entonces, un tumulto de vecinos estaba agrupado a las afueras del domicilio del sospechoso. Los testigos intercambiaban sus datos mientras que otros se acercaban a preguntar qué había pasado. Dentro de ese grupo, la voz de Clara Navarro lo llamó.
—¡Inspector, espere! —dijo, con un sobre en la mano—. Tengo unas fotos del año pasado —decía, sacando una—. En esta sale mi sobrina en primer plano un día que vino a verme. De fondo aparece Víctor en su casa.
Linares entrecerró los ojos y lo reconoció. Luego sacó otra en donde estaba el Dodge GTX. Le dijo que la tomó el día en que llegó el auto rojo al vecindario. Giró la foto y estaba escrito: diez de diciembre de 1984. Le preguntó cuándo volvió Víctor a vivir a Aresqui y le dijo que llegó en las primeras semanas de noviembre.
Se quedó viendo la imagen del auto rojo y algo le llamó la atención. Comparó las fotos con la de los peritos y se dio cuenta que el auto tenía en la luneta trasera la calcomanía de un taller mecánico.
Linares volvió a ver la foto del Dodge, extrañado. Sacó la carpeta del caso y buscó entre los papeles la foto del vehículo después del incidente. Las comparó y reconoció que en la luneta trasera había una calcomanía. La vecina le dijo que era de un taller mecánico, ubicado a pocas cuadras. Anotó la dirección y le pidió quedarse con las fotos, agradeciendo la colaboración. Se subió al auto y condujo hasta el taller.
No demoró en llegar. Una fila de autos se encontraba afuera del edificio, donde varios tenían la calcomanía pegada. Inspeccionó el taller y vio autos desarmados. Una radio sonaba de fondo mientras caminaba. Veía herramientas tiradas, mugre en las paredes y olor a aceite. Los ojos se le quedaron fijos al ver un Chevy Chevrolet de color azul.
Sintió el olor a pintura y un ruido de tuercas siendo ajustadas. Bajó la mirada y vio unas piernas asomarse debajo del coche.
—Si es por el Ford, todavía no llegaron los repuestos. Y si es el del Fiat me va a tener que esperar, la bomba tiene una pérdida —dijo la voz desde abajo—. Si viene a dejar el auto, hoy ya estoy tapado de laburo.
—No vine por un arreglo —le contestó—. Vengo por un Dodge GTX, color rojo. Con patente NKA 917. ¿Le suena?
El mecánico salió de debajo del coche, con mirada sorprendida y manchas de aceite. Linares le mostró su placa y se levantó a limpiarse. Luego trajo unas sillas y le contó que además de reparar autos, también los compraba y los restauraba. Un día trajo al Dodge GTX al taller y lo arregló, ocupándose de los repuestos y de la pintura. Le había llevado años restaurarlo, hasta que un día apareció un vendedor en su puerta.
—Un tipo raro vino hace meses. Buscaba un auto y le mostré los que tenía. Pero en cuanto vio el Dodge, no le sacó los ojos de encima.
—¿Por qué raro? —preguntó el inspector, con la lapicera en la mano.
El hombre lo describió como un extranjero, que hablaba en español pero se le escapaban palabras en inglés. Dijo que era oriundo de Santa Lucía. Luego le pidió un precio pero el mecánico se negó. Inmediatamente le hizo una oferta pero la rechazó. A lo que el sujeto lo miró a los ojos y le ofreció el doble, sin pestañear. Sin poder creerlo, el mecánico terminó aceptando.
—Es un tipo raro, pero con guita —comentó, a lo que Linares le preguntó por cuánto lo vendió—. Quince mil dólares, en mano.
Escribió la cifra en la libreta y le preguntó si había lo había visto en compañía de alguien o de un familiar. Contestó que no, pero sí había mencionado que estaba divorciándose. Finalmente, hizo otras preguntas de rutina y dejó al mecánico trabajar.
—¿Sabe qué es lo curioso? —dijo a su espalda—. Cuando terminamos los trámites en el registro, me confesó que era su primer auto. —Linares lo miró en silencio—. A su edad, en pleno divorcio y comprando un deportivo… para mí, plena crisis de los cuarenta —añadió, tomando una llave francesa.
Era la una de la tarde cuando salió del taller. Puso en marcha el auto con dirección al depósito judicial. Se encontró con otra fila de autos, rotos y decomisados en la entrada. Sin perder tiempo, entró al enorme galpón mostrando su placa. Lo guiaron hasta el depósito y uno de los oficiales lo saludó.
—¡Linares, llegaste justo! —gritó un hombre al reconocerlo—. Lo estábamos por mandar a la comisaría. Ya está listo el informe preliminar del peritaje —le dijo, dándole el informe y acompañándolo a ver el auto peritado.
En el fondo del galpón se encontraba el auto rojo, rodeado de cintas de seguridad junto a varios conos anaranjados. En el techo yacía un cartel con el número de evidencia junto a un par de guantes blancos.
—Que desperdicio… —dijo el hombre, mientras Linares revisaba la chapa deformada y las grietas en los vidrios quebrados del Dodge.
Las puertas estaban abiertas, al igual que el baúl. Le pidió al oficial que le hablara del peritaje mientras revisaba el interior del vehículo con su linterna.
El hombre empezó por el baúl, donde levantaron las huellas de Ana y recogido varias muestras de cabello. También tenían las huellas de Víctor, pero el oficial le enseñó a Linares un punto específico del tablero.
—Acá encontramos otra huella. No corresponde al conductor ni a la joven secuestrada —dijo seriamente, luego apuntó al asiento trasero—. Y en la parte de atrás también, pero encontramos manchas de sangre.
Con la linterna inspeccionó el tapizado. En algunas partes estaba hundido y arrugado. Pudo identificar pequeños cortes en la cuerina, a lo que el oficial confirmó que eran marcas por rasguños y que habían uñas femeninas por debajo de los asientos.
Finalmente pasaron a ver la guantera, lugar donde estaba el arma.
—En el informe están los detalles, pero se lo resumo. Aunque apretara el gatillo, no iba a disparar —Linares lo miró, a lo que el oficial agregó—. Está rota la aguja percutora. Aún así, cargó el tambor con balas nuevas —explicó, trayendo una caja del escritorio.
Del interior sacó una bolsa con varios cassettes de música.
—Le encanta el rock internacional.
Examinó el contenido, preguntando si quedaba algo más. El oficial le mostró un comprobante de carnicería doblado, con una larga lista de cortes de carne. En el papel figuraban los datos del comercio y la fecha del pedido. Luego cargaron todo en el auto y Linares volvió a la comisaría.
Eran las dos de la tarde cuando entró en la sala. El ambiente se encontraba calmado, los teléfonos ya no sonaban con urgencia. Abrió la puerta del despacho y apoyó la caja de evidencias en el escritorio. En ese momento la oficial Molina tocó la puerta y le entregó un papel con los llamados telefónicos de la casa de Víctor Herrera.
Linares le agradeció, preguntando si hubo algún llamado por Ana, pero Molina aseguró que no habían recibido denuncias hasta el momento. Luego salió del despacho y regresó a los minutos, dejándole una bandeja del almuerzo en el escritorio.
El inspector revisó el historial, donde figuraban las llamadas a partir de noviembre. Había dos números nacionales. Uno correspondía al taller mecánico, y el otro a “Carnicería, Don Miguel”. Recordó el comprobante hallado por los peritos y corroboró que se tratase del mismo sitio. Registraba un sólo llamado en la última semana de enero.
Inmediatamente marcó el número, pero la línea dio ocupado. Insistió. Tras unos largos segundos, respondió la voz carrasposa y dormida de un hombre. Linares preguntó por el dueño. De mala gana, le dijeron que volvían a atender después de la siesta. Cuando Linares se presentó como inspector de la comisaría de Santa Lucía, llamaron al dueño.
Esperó en línea con el comprobante en la mano, leyendo la orden del pedido. Unos apresurados pasos se oyeron al otro lado, agarrando el teléfono.
—Habla Miguel Lombardi —se presentó, preguntándole cómo podía ayudarlo. El inspector le comentó sobre el pedido, diciéndole la fecha de compra y los cortes de carne que le habían encargado—. ¡El del auto rojo! —dijo, tras un breve silencio.
Al instante, el hombre le contó sobre Víctor. Un día llamó al local con extraño acento, preguntando los precios de la carne. Al día siguiente apareció en la carnicería, estacionando en la entrada. Relató con detalles la expresión de sus clientes cuando vieron el auto rojo. Cuando llegó su turno, le entregó el pedido y el cliente le pagó con dólares, sin poder creerlo.
—Hizo un pedido grande. ¿Le dijo para qué era? —preguntó Linares sin dejar de escribir el testimonio. El carnicero se quedó pensando un momento antes de responder.
—Se lo pregunté, sí. Nadie me encarga un pedido para más de veinte personas pasadas las fiestas —explicó—. Solo me dijo que tenía bastante gente en su casa y se fue.
Concluyó la llamada luego de oír la última declaración.
Agarró la hoja de los llamados y solo quedaban los números internacionales. Todos tenían procedencia en Estados Unidos. La empresa telefónica no había proporcionado los nombres de los titulares.
El primer número terminaba en 202. Contaba con registros en noviembre y enero. La duración de las llamadas no pasaba de los diez minutos. Cuando llamó le dio ocupado. Marcó de nuevo, pero nuevamente no hubo respuesta.
El siguiente número, terminado en 295, tenía largas llamadas en enero. Llamó. Esperó el tono pero solo había silencio plano. La línea estaba muerta.
Al llegar al último número, había sido marcado reiteradas veces en noviembre y diciembre. Nadie atendió. Sólo en la víspera de navidad hubo un llamado con más de media hora de duración. La semana siguiente llamó por última vez, pero nadie respondió. La línea terminaba en 241.
Linares marcó y enseguida escuchó el tono. Miraba avanzar las hojas de su reloj mientras esperaba. De pronto, la voz de una mujer sonó del otro lado. Reconoció el mensaje grabado de una contestadora.
—Hi, this is Victoria. I can’t take your call right now. Please leave a message after the beep —se escuchó, seguido de un agudo pitido.
Dejó un mensaje breve, solicitando que se comunicara a la brevedad en nombre de la comisaría de Santa Lucía. Ya para ese entonces, se habían hecho las tres de la tarde. Colgó el teléfono, bebió un vaso de agua y salió del despacho.
Avanzó por el pasillo de la comisaría hasta llegar a la oficina de Molina. Desde afuera se escuchaba música sonando. Entró y vio a Ana de espaldas, dibujando en la mesa. Cerró la puerta y ella se giró, sonriendo al verlo llegar. Instantáneamente, tomó un color y coloreó la hoja tan rápido como pudo, en lo que Linares se sentaba.
—Parece que estuviste ocupada —dijo, bajando el volumen de la radio.
—Hice lo que me pidió —contestó, sin levantar la vista del papel—. Ya casi está —dijo, apresurando el trazo.
Al terminar, revisó el dibujo y se lo entregó al inspector. Lo miró varias veces, en silencio. Ana le observaba atenta desde el otro lado. Luego la miró a los ojos, con el dibujo en la mano.
—¿Flores amarillas?
La joven lo miró sorprendida y asintió. Le contó que por la mañana la oficial Molina trajo el desayuno y encendió la radio. Al rato, sonó una canción que le hizo pensar en flores amarillas.
Volvió a mirar el papel, sin ver nada relevante. Ella le pidió su opinión, pero él se limitó a decir que estaba bien. Puso la hoja a un lado y pensó un momento. Luego miró la radio.
—¿Te acordás qué canción escuchaste antes de dibujar?
—No le presté atención, disculpe —dijo, apenada, y guardó silencio—. ¡Pero cantaban en inglés! —se apuró a añadir.
Linares pensó mientras colocaba sobre la mesa las fotografías de Clara Navarro. Le mostró el rostro de Víctor Herrera y le preguntó si lo conocía. Ella observó la imagen con detenimiento, pero negó con la cabeza. Luego deslizó la foto del auto rojo, estacionado frente a la casa de Víctor. Le indicó que se tomara su tiempo. Revisó las fotos en silencio y, pasados unos minutos, se las devolvió.
—No —dijo—. No recuerdo haber estado ahí.
Linares guardó las fotos en el sobre y se puso de pie. Ana le pidió disculpas por no haber sido de ayuda, y él respondió que estaba bien, que no debía presionarse. Antes de salir, subió el volumen de la radio y le pidió que anotara o dibujara lo que recordara.
Al salir, caminó por el pasillo hasta la sala. Allí encontró a Gallardo, parado a la salida de su despacho. Con la cabeza le hizo seña de que se acercara a su oficina.
—Recibimos el informe pericial —dijo el comisario, apoyándolo sobre la mesa—. Háblame de tus avances.
Linares le comentó sobre los indicios de la casa de Aresqui: la carne, las bolsas de hielo, la puerta rasguñada y las correas de contención del dormitorio. También le habló sobre los testimonios de los vecinos. Nadie conocía o habló con el sospechoso. Gallardo asentía al escucharlo.
Luego sacó la libreta y repasó la conversación con el dueño del taller mecánico sobre el día en que el sospechoso fue a comprar el auto. También detalló la evidencia hallada al peritar el Dodge la noche anterior. Por último, mencionó los llamados telefónicos: el pedido a la carnicería y los números internacionales. Gallardo le pidió una opinión del caso.
—El sospechoso volvió al pueblo luego de una vida en el exterior. No tenemos nada sobre él. Si la joven no recupera la memoria, pronto nos vamos a quedar sin opciones —concluyó Linares.
—Y el asunto se pone peor… —contestó el comisario, abriendo el informe—. Encontraron muestras de ADN de varias mujeres en toda la casa —declaró, quedándose en silencio, mostrándole hojas con fotografías a Linares.
Al observar las fotos divisó: rastros de cabello, huellas dactilares, uñas de diferentes medidas y ropa femenina a medio quemar en la parrilla del patio. Además, el comisario le comentó la charla que mantuvo con el servicio de recolección de residuos. La noche anterior, el sospechoso sacó la basura en bolsas grandes de carnicería. Fue fácil ubicarlas en el basural. Los peritos analizaron el contenido y encontraron más cabello, seguido de frascos y botellas de vidrio, jeringas y más ropa femenina.
El comisario hizo una pausa, sosteniendo la mirada con Linares y añadió que también habían hallado sedantes.
—Es un secuestrador —declaró, poniéndose de pie—. El informe forense va a tardar, y me preocupa que sus objetivos sean chicas menores de edad —dijo, caminando por la habitación.
—Viene del extranjero, se compra un auto deportivo, paga todo en dólares. Lleva mujeres a su casa sin que ningún vecino vea ni escuche nada —agregó, frenando en seco—. ¿Y si las secuestra, las seda y las esconde en el baúl? —preguntó, mirándolo fijo.
La hipótesis de Gallardo era coherente, pero al inspector no le cerraba: el arma estaba recargada y el sospechoso parecía ignorar que no podía disparar. El comisario dudó. El inspector agregó que, por su perfil, habría conseguido otra arma… pero no lo hizo.
En un momento, el comisario se llevó las manos a la cara y suspiró. No dejaba de mover el cuello en círculos. Se sentó nuevamente y respiró hondo.
—El caso está escalando —dijo— y la Departamental ya está presionando. Tenemos que avanzar como sea —enfatizó, ordenándole a Linares que se retirara. Antes de que saliera por la puerta, Gallardo agregó—. Las bolsas de hielo… ¿Y si hubo cuerpos? ¿Lo habrá usado para conservarlos?
El inspector lo miró fijamente y salió por la puerta con rumbo a su despacho, pero una voz le gritó por el estrecho pasillo.
—¡Inspector, venga por favor! —era la voz de Ana.
Varios oficiales intercambiaron miradas. Linares caminó hasta allá y al entrar a la oficina de Molina, la joven fue hasta la radio y subió el volumen al máximo.
—¡Escuche, por favor!
Una melodía melancólica y profunda sonaba de fondo, acompañada por la voz potente y vulnerable de un hombre. Era una balada, y por momentos se sumaban coros. La letra sonaba suave y tranquila, aunque no entendía de qué hablaba: estaba en inglés.
La canción ya terminaba en lo que la voz del locutor se hizo presente.
—Son las cuatro menos cinco de la tarde. Acabamos de escuchar I Want to Know What Love Is, el último hit de Foreigner. Quédate, que en breve seguimos con más.
—¡Esa es la canción que escuché esta mañana! —dijo animada, bajándole el volumen a la radio—. Ya había escuchado esa música, pero no me acuerdo en dónde… —comentó, bajando la cabeza.
—La próxima vez, mejor anotá la canción. Y no grites, por favor. Estamos en una comisaría —dijo con seriedad.
Salió de la habitación.
—Disculpe… —alcanzó a oír.
Volvió a su oficina, todavía pensando en la canción. Se sentó en la mesa y abrió la carpeta de la investigación. A los pocos minutos, recordó la conversación que tuvo con el perito en el depósito judicial. Miró la caja de evidencias y se puso a buscar entre las bolsas. Entre ellas, estaban los cassettes de Víctor. Todos tenían en la etiqueta escrita la palabra Foreigner.
Sacó la libreta para anotar el nombre, pero el teléfono comenzó a sonar.
—Inspector Linares —dijo al levantar el aparato. Nadie respondió. Una leve respiración se escuchaba del otro lado—. Habla Linares… ¿Quién es?
El silencio se mantuvo. Estaba cerca de colgar cuando escuchó una voz familiar del otro lado.
—Habla Victoria —contestó, la misma voz de la contestadora—. Victoria Herrera.
Linares abrió los ojos al oírla. La mujer tenía raro el acento y hablaba con lentitud. Enseguida intuyó que le costaba trabajo encontrar las palabras. Pacientemente, le preguntó su relación con Víctor Herrera, a lo que ella respondió que era su mujer. El inspector sintió que había dado en el blanco.
Ella le preguntó el motivo de su llamada, a lo que Linares fue selectivo con sus palabras. Le habló sobre el incidente con el auto y que Víctor se encontraba hospitalizado. Del otro lado se escuchó un suspiro ahogado. Ella le pidió la dirección, diciendo que viajaría para Santa Lucía esa misma noche.
Linares le dio la información y, argumentando que necesitaba completar la ficha técnica de Víctor, ella cedió a contestar varias preguntas. Al finalizar el llamado, colgó el teléfono y salió con prisa al despacho del comisario.
—¡Es un científico! —dijo exaltado, Gallardo lo miró desconcertado—. Vino al pueblo después de perder su trabajo y separarse de su mujer —agregó Linares— Nuestro sujeto es un bioquímico. Probablemente haya elaborado él mismo los sedantes en su casa.
El comisario se quedó en silencio, ordenando las ideas.
—¿El hombre sufre un divorcio y por eso decide volver a Santa Lucía?
Linares le explicó que Víctor estaba obsesionado con la investigación y que perder el trabajo lo había destrozado. Cuando su pareja le envió los papeles del divorcio, inmediatamente decidió regresar al pueblo.
Gallardo pensaba, caminando en círculos por el despacho.
—Su ex pareja llega mañana. A lo mejor pueda ayudarnos con el caso —comentó Linares desde el escritorio, a lo que después agregó—. ¿Y si continuó trabajando en secreto? ¿En algún tipo de experimento?
El comisario se frenó, mirándole a los ojos.
—¿Y si usó mujeres como conejillos de india? —preguntó seriamente.
Algunas sombras se reflejaron en la puerta, seguido de apresurados pasos. Gallardo se quedó viendo el pasillo extrañado y la mujer de limpieza pasó por la entrada, cargando un balde con agua. Le preguntó si pasaba algo, a lo que ella respondió.
—Es la chica, comisario. Vomitó.
Enseguida salieron del despacho y encontraron un tumulto de oficiales reunidos afuera de los sanitarios. Gallardo les ordenó retirarse y entraron al baño de mujeres.
Allí vieron a la oficial Molina sosteniéndole la cabeza a Ana, que estaba arrodillada, vomitando en el inodoro. Al verlos, les dijo que le había caído mal la comida del mediodía. El comisario les preguntó a todos que comieron, a lo que Linares respondió:
—Milanesas de carne —dijo, y Ana vomitó con más fuerza.
Salieron del baño y Linares observó la oficina de Molina. Vio a la encargada pasar agua con lavandina. Al rato trajeron a Ana y le sirvieron agua. Tenía la cara pálida y las manos frías. Le dijeron que se recostara en el sillón y la dejaron descansar.
El reloj de la comisaría marcó las seis de la tarde. Linares cerró su despacho, llevando su investigación en la mano. Pasó por la oficina de Molina y vio dormir a Ana desde la ventana. Se despidió de los oficiales y condujo su auto por la avenida principal de Santa Lucía.
En su cabeza, el caso volvía una y otra vez: evidencias, testigos, hipótesis. Esperaba el semáforo en rojo mientras veía cómo la calle se iba quedando a oscuras. Pronto los comercios estarían por cerrar.
Enfrente, aún encendidos: la librería, el videoclub, la casa de fotos y una disquería se encontraban abiertos. Se quedó mirando fijo este último, hasta que sintió un bocinazo por atrás. En la siguiente calle estacionó para entrar en la disquería.
Una hilera de discos sobre bateas de madera lo recibieron, junto al aroma del cartón, plástico y polvo de vinilo. De fondo se escuchaba a Soda Stereo y en el fondo estaba un mostrador donde un joven ordenaba varios discos.
—Buenas tardes —saludó, mirando alrededor—. Veo únicamente discos de vinilo. ¿Tiene cassettes?
—Sí, están al fondo a la derecha. ¿A quién buscas? Tengo a Charly, Virus, Soda…
—Busco a Foreigner. ¿Lo tiene?
El vendedor se quedó mirándolo un momento y sacó una caja llena de cassettes por debajo del mostrador. Le preguntó qué disco quería. Linares respondió: todos. El vendedor se rió en voz baja. Le preguntó si era fanático; él dijo que no.
Al pagarle, el vendedor se los entregó en una bolsa junto con el vuelto, pero seguía riéndose por lo bajo.
—¿Pasa algo? —preguntó Linares, guardando el vuelto.
—No, nada —dijo, todavía riendo—. Una vez vino un tipo que llevó todo de Foreigner. Le pregunté si era fanático, pero me dijo que no, igual que vos —explicó, sonriendo.
Linares se quedó pensando, mirando la bolsa con los cassettes fijamente.
—Ese tipo… —comenzó a decir, mirándolo— ¿Te pagó en dólares?
En un instante le cambió la cara al vendedor y dejó de sonreír. Miró a Linares detenidamente y de la caja registradora, sacó un billete de cien.
—¿Cómo supo? —preguntó seriamente.
El inspector sacó su placa, presentándose oficialmente. El joven se incomodó, pero cooperó al hacer memoria y brindó su testimonio.
Según sus palabras, Víctor había visitado la tienda a mediados de noviembre. Entró preguntando por Foreigner y se llevó toda la discografía.
Linares se quedó mirando los cassettes, pensativo. El joven apoyó sobre la mesa una carpeta.
—Si te interesa saber de Foreigner, esto te va a servir —le dijo, mostrándole varias hojas con las letras traducidas—. Muchas canciones tratan de amor, pero casi siempre del conflicto, la distancia o lo que se perdió.
Le agradeció al joven por la ayuda y abandonó la tienda. En el auto, puso uno de los cassettes y condujo a casa. Luego preparó la cena y se acostó a dormir.
En la madrugada, el teléfono sonó. La comisaría llamó para informar que Ana había levantado fiebre, pidiendo por Linares. El reloj marcaba las tres de la mañana. Colgó la llamada y el inspector salió hacia el lugar.
Allí encontró a Ana, tiritando, con dolor de cabeza, sudor en la frente y teniendo escalofríos. Le ofreció beber algo fresco que había traído.
—¿Qué es? —preguntó ella, con los ojos cerrados.
—Seven-Up sin gas —respondió él.
Conversaron un rato, Ana no podía dormir del malestar. Sentía un frío constante. Tenía la frente caliente y el termómetro indicaba 39 grados. Le dijo que si la fiebre no bajaba, la iban a llevar al hospital por la mañana. Le preguntó si seguía teniendo mareos, pero le dijo que no, a lo que se quedó en silencio por un par de minutos.
—No me cayó mal la comida —dijo de repente. Linares se le quedó mirando—. Es que me acordé que soy vegetariana —declaró, cubriéndose el estómago con ambos brazos.
El inspector, sin saber qué decir, la dejó sola un momento y luego volvió con una bolsa. Traía los cassettes de música de la disquería. Puso una cinta en el estéreo y comenzó a sonar Cold as Ice.
Ana le prestó atención al tema. Era otra de las canciones que conocía, pero seguía sin saber de dónde la había escuchado. Linares la anotó en la libreta, mientras estudiaba la letra en español.
Siguieron escuchando el cassette, a veces saltando canciones, hasta reconocer otro tema: Long, long way from home. Cambiaron de cintas y luego de una hora, Linares tenía apuntado otros títulos: Head Games, I want to know what love is y Hot Blooded.
Cuando el cassette terminó, se levantó a poner otro, pero un oficial llamó a la puerta.
—Linares. Entró un llamado para vos.
Dejó el estereo reproduciendo la nueva cinta y salió a su despacho. Al levantar el teléfono, reconoció la voz de Victoria. Le llamó para avisarle que había aterrizado su vuelo y llegaría a la comisaría en unas horas. También preguntó por Víctor, pero no quiso revelarle los hallazgos del caso. En su lugar, él le preguntó sobre su trabajo, intentando obtener algún dato acerca de su investigación. Lo único que ella pudo decirle, es que trabajaba para un laboratorio, en un proyecto confidencial, y que solía guardar en su escritorio sus notas científicas bajo llave. Sin más, colgaron el teléfono y Linares volvió a la habitación.
Ana estaba dormida, con la música acompañándola de fondo. La dejó dormir y fue a la sala. En el camino, el escritorio de Víctor se le cruzó por la mente. Los cajones no tenían cerradura, pero si había documentación importante, podía haberla ocultado en otra parte. Sacó las llaves del auto y, a las cinco de la mañana, llegó a Aresqui 3218.
La calle estaba desierta y tranquila. Desde la ventana del coche, miró las cintas de clausura en la puerta. Caminó hacia la entrada dudando, ya que sabía que necesitaba una nueva orden para entrar. Suspiró en la puerta. Volteó a ver el vecindario y contempló lo bello que era. Desde la otra cuadra vio la casa de Clara Navarro, con el pasto prolijo y recortado. Admiró su jardín y la variedad de plantas que tenía: rosas, jazmines, lilas y amarillas. Una repentina sensación sintió en el pecho, cuando vio a lo lejos las caléndulas.
Cruzó la calle, se acercó y comprobó que eran exactamente iguales al dibujo de Ana. De esa forma, volvió a la casa de Víctor, tirando la puerta de una patada. Prendió la linterna y cruzó el pasillo hasta llegar a la cocina, donde aún permanecía el olor a podredumbre.
Caminó por el patio hasta llegar a la casa del fondo. Enseguida se metió a la oficina e inspeccionó el escritorio. Los cajones estaban abiertos, todavía con marcas de polvo. Revisó cada cajón del mueble, pero estaban vacíos. Luego miró las estanterías donde había alrededor de más de cien libros. Se arremangó la camisa y uno por uno los fue revisando.
Conforme buscaba, la luz del sol entraba por la ventana, llenándose las manos de polvo entre las hojas viejas y arrugadas con olor a humedad.
La cintura le empezaba a doler y al no encontrar nada, los guardó de nuevo en su sitio. Salió de la habitación y se sentó en el sofá del living, exhausto. Miró el reloj y ya para ese entonces, Victoria llegaría a la comisaría en cualquier momento. Se puso de pie para salir pero detuvo su mirada en el tocadiscos. Estaba sobre un mueble y tenía un cajón grande. Se agachó para abrirlo y encontró muchos discos de vinilo. Los puso en el suelo y revisó el interior del mueble. No encontró nada.
Al pararse, supo que el disco puesto era nuevo. Encendió el aparato y al instante se puso a girar. Reconoció la voz de Foreigner, tocando Blinded By Science.
Revisó las tapas de los vinilos y enseguida se percató de algo. El disco que estaba sonando pertenecía al álbum Head Games. Lo tenía en su mano, con su característica ilustración de una adolescente en un baño. Al tocarlo, no lo sentía vacío.
Al girarlo, una fina carpeta blanca se asomaba de su interior. La sacó de la tapa y vio que en la portada había una insignia extraña y varias palabras en inglés. Abrió la carpeta, encontrando: anotaciones, tablas, gráficos y fórmulas. Todo estaba en inglés. Al pasar de páginas, una hoja blanca cayó al piso. La levantó y leyó las primeras líneas. Era una especie de bitácora, pero escrita en español.
14 de noviembre. Volví a casa después de décadas. Santa Lucía sigue igual: intacta. Tengo mucho por desempacar y bastante por limpiar.
17 de noviembre. La casa es enorme. Hay muchos muebles gastados que debo tirar. Necesito cambiar la heladera, la puerta no cierra bien y se le escapa el frío. Lo bueno es que el tocadiscos de papá funciona.
23 de noviembre. Hoy pasé por una disquería. Bajo el brazo me traje tu música preferida, la que siempre me negué a escuchar. No me gusta Foreigner, pero quizás me ayude a no sentirme solo. Quisiera que me devuelvas las llamadas.
29 de noviembre. Mientras limpiaba, encontré el álbum de fotos. Se me cayeron las lágrimas cuando vi a papá de nuevo, feliz y sonriente. Había comprado un Peugeot 203 y me acordé de nuestro paseo por toda Santa Lucía.
Un día lo tuvo que vender por dificultades. Decía que estaba viejo y que quería uno más grande, más moderno. Yo no le creí. Lloré mucho el día en que se llevaron el auto rojo.
1 de diciembre. Ya limpié la casa y terminé con el garaje. No dejo de escuchar Rev on the red line. A que no adivinás cuál es mi álbum preferido.
3 de diciembre. Hoy volví a ver a papá. Caminaba por una calle angosta y me encontré una fila de autos en venta. Miré hacia adentro de un taller mecánico y vi un vehículo grande, de chapa reluciente, capot largo, techo oscuro y sobre todo, moderno. Aquél era el auto que papá quería.
10 de diciembre. Nunca me sentí tan vivo en mi vida. Hoy manejé el auto a casa. La música sonaba fuerte por los parlantes, al grito de Lou Gramm cantando Dirty White Boy. Por primera vez en semanas, no me sentí sólo. La presencia de papá estaba conmigo, era mi copiloto. Íbamos viajando en el auto rojo a casa.
4 de enero. Me queda claro que las cosas ya no son iguales. Lo nuestro está terminado, pero me niego a reconocerlo. Todo lo que hice en mi vida fue por el bien de las personas, pero mientras más pasan los días, comprendo más cómo te descuidé. Ya no hay manera de repararlo. Sólo me queda mi investigación.
Linares continuó leyendo la hoja, hasta llegar a las entradas de febrero. Salió corriendo de la casa al enterarse de la verdad. Encendió el auto y aceleró, mientras intentaba comunicarse a través de la radio policial con la comisaría. Nadie contestaba.
Al llegar, entró al edificio y no había nadie atendiendo el mostrador. Corrió a la sala y vio a los oficiales reunidos en el pasillo, hablando a los gritos. La oficial Molina salió de entre el tumulto, con una venda apretada contra el brazo.
—¡Guillermo, la chica se encerró! —dijo—. Está paranoica y no quiere abrir. —Dejó escapar un gemido de dolor.
Linares le preguntó qué había pasado; ella respondió que Ana la había mordido cuando fue a despertarla. De inmediato, se abrió paso entre los oficiales y se plantó en la puerta.
—¡Ana, soy Linares, abrí la puerta! —dijo, empujando para abrir.
La ventana tenía la persiana baja y no se veía el interior. Pateó la puerta pero seguía sin poder abrirla. Se agachó a mirar por la cerradura y vio la mesa y el sillón bloqueando la entrada.
—¡Traigan el ariete! —les ordenó, mientras observaba como Ana empujaba otros muebles para obstaculizar.
Los oficiales despejaron el pasillo y enseguida, embistieron contra la puerta. Apenas se movió un centímetro. Volvieron a cargar y el marco se resquebrajó. Hicieron otro intento, a lo que Linares le ordenó a Ana que se alejara. Al siguiente impacto, la puerta se abrió y los muebles se movieron ligeramente. Entre los oficiales, empujaron y consiguieron entrar a la habitación, encontrando a la joven tendida en el suelo, desmayada.
Linares fue el primero en socorrerla. La cargó en brazos y sintió su piel extremadamente caliente. Alzó la vista y varios oficiales lo miraban desconcertados.
—Llamen al Hospital de San Antonio. Que tengan preparada una cama —ordenó, abriéndose paso por la habitación—. ¡Muévanse!
Salió por la puerta y al llegar a la cocina, le pidió a un oficial que sacara las cubeteras y que pusieran el hielo en diferentes paños.
Todos se movilizaron, cumpliendo rápidamente las órdenes de Linares. Él transportaba a Ana en brazos mientras los miembros les abrían las puertas. Al salir a la entrada de la comisaría, cruzó la mirada con una mujer con una maleta bajo el brazo. Estaba sola en el mostrador, esperando a que la atendieran.
—¿Inspector Linares? —preguntó ella, al verlo pasar con la chica en brazos.
—Victoria —dijo, al reconocerla—. Venga conmigo.
Varios hombres abrieron las puertas del auto del inspector. Acostaron a Ana en el asiento trasero, poniendo los paños en el cuello, la nuca, la frente y las axilas.
Linares se subió al auto y Victoria iba de copiloto. Las patrullas encendieron las sirenas, escoltando al hospital. En el viaje, el inspector sacó de la guantera la carpeta de Víctor. Se la dio a la mujer y le pidió que se lo tradujera a los médicos cuando llegaran al hospital.
Sin entender lo que pasaba, se puso a leer las notas. Al llegar a la avenida principal, se quedó helada. Linares le preguntó qué pasaba; ella le pidió que acelerara: no tenían mucho tiempo.
Le hizo caso y aceleró, ignorando los semáforos y cambiando de carriles para adelantarse a los otros autos. De vez en cuando le daba un vistazo a Ana, lentamente la veía recuperar la conciencia.
Llegaron al hospital, donde las patrullas se apostaron en la entrada y de la entrada salió un camillero. Linares se bajó para sacar a Ana del auto, pero no quería salir. Intentó cargarla pero se aferraba al asiento. Junto al camillero, la sacaron del auto y la subieron a la camilla. Agitaba los brazos descontroladamente, intentaba lastimar al personal médico. Los oficiales la esposaron a la camilla y la llevaron adentro, donde Victoria les comunicó a los médicos la situación.
Antes de entrar al hospital, Linares fue a cerrar el auto y miró el tapizado. Estaba rasgado, con la cuerina rota por varios rasguños. Divisó múltiples uñas de Ana en el asiento, junto a varios mechones de pelo.
Caminó hacia el edificio, donde pasó un par de horas esperando recibir el parte médico. Victoria lo encontró sentado en el pasillo. Tenía la cara exhausta, con ojeras y bostezaba. Inmediatamente preguntó por Ana, a lo que ella respondió que habían llegado a tiempo. Llegó al hospital con 43° grados de fiebre, pero le aseguró que ya se encontraba estabilizada.
Linares se paró al oír eso, suspirando por el cansancio.
—¿Dónde está Víctor? —preguntó ella—. Quiero verlo.
Fueron a la recepción y les dijeron el número de la habitación. Subieron con el ascensor hasta llegar a terapia intensiva. Al abrir la puerta, vieron a Víctor, postrado en la cama y conectado a un respirador. Victoria lloró en el momento que lo vio.
Linares se sentó en una silla, quedándose en silencio. Víctor Herrera era un hombre alto, flaco y con signos de alopecia. Su mujer se quedó llorando a su lado. Luego sacó un pañuelo y se sentó junto al inspector, secándose las lágrimas.
—¿Qué pasó con él? —dijo, guardando el pañuelo— ¿Cómo terminó así? —preguntó afligida.
Puso una mano en la espalda de la mujer, consolándola. Enseguida le contó la historia de Víctor y el día que se cruzó con Ana.
Después de instalarse en Santa Lucía, al tiempo retomó su trabajo, elaborando un método sin precedentes. No estaba solo, alguien lo ayudaba a la distancia. Hasta que un día, esa persona desapareció. Víctor temió que el laboratorio hubiera tenido que ver.
Decidió tomar medidas de seguridad mientras ponía el proyecto en pausa. Había comprado el Dodge GTX y de vez en cuando salía a pasear, ya que le recordaba la infancia con su padre.
Un día volviendo a casa, presenció un accidente automovilístico. El responsable huyó de la escena y Víctor encontró a una mujer moribunda, al borde de la muerte. La llevó a su casa y, confiando en su investigación, le suministró una cura que estaba desarrollando. Sólo que al poco tiempo, los efectos secundarios se hicieron presentes y Víctor no supo manejar la situación.
—Caída del cabello, uñas desprendidas, fiebre agresiva —enumeraba—. Y lo que es peor…
—Pérdida total de la memoria —dijo Victoria, terminando la frase por él.
La cura fue capaz de curar huesos rotos y reparar tejidos vivos a gran velocidad. Solo que Víctor no contó con una reacción inesperada.
—La mujer comenzó a rejuvenecer —dijo, tristemente— transformando su cuerpo al punto de volver a ser adolescente.
—Ana… —dijo Victoria, mirando al hombre postrado en la cama.
—Víctor vivió con ella en su casa, buscando revertir el efecto. Pero lo único que logró es que ella perdiera su identidad… para siempre.
Linares agachó la cabeza, llevándose una mano al pecho, quedándose ambos en silencio. Luego sacó la libreta y se puso a buscar en sus anotaciones.
—¿Conoce estos números? —preguntó, enseñándole los teléfonos que terminaban en 202 y 295.
Victoria los revisó y frunció el ceño.
—295. Es el número de su compañera de trabajo —comentó molesta—. Siguieron en contacto después de todo.
Linares notó su cambio de humor y le pidió que le hablara de esa persona. Ella le contestó que Víctor cambió cuando empezó a trabajar en el nuevo laboratorio. En los siguientes años, se había vuelto obsesivo y solo le importaba la investigación. Victoria sospechaba que le estaba siendo infiel con esa mujer, porque siempre volvía tarde a casa. Un día lo vio llegar en el auto de ella y fue entonces que decidió terminar con su matrimonio.
El inspector le preguntó el nombre y ella se lo dio. Lo apuntó en la libreta y luego le insistió por el número 202.
No podía confirmarlo, pero le dijo que probablemente sea el número del laboratorio donde trabajaba. Linares pensó por un momento y le pidió información del sitio. Ella no sabía nada del laboratorio, pero sí su nombre. Él se levantó después de escribirlo y la dejó a solas con Víctor.
Antes de abandonar el hospital, buscó a Ana. La encontró en una cama, sedada y con una bolsa de suero conectada. Dormía profundamente.
Regresó a la comisaría donde encontró al comisario Gallardo. Fueron a su despacho y esa misma tarde cerraron el caso Dodge.
—La joven va a estar bien, Linares —decía el comisario—. El hospital llamó y va a estar sujeta a revisión.
El inspector asentía, con la mirada baja, pensando.
—Es lo que tenía que haber hecho en un principio este Víctor Herrera… —agregó, quejoso.
—Temía que lo desaparecieran —respondió Linares, poniéndose de pie.
Gallardo lo miró extrañado.
—Él trabajaba para un laboratorio y lo despidieron —dijo—. Intentó seguir el proyecto con su colega pero desapareció —explicó, el comisario escuchaba en silencio—. Por eso le compró balas al revólver. Buscaba protección.
Antes de abandonar el despacho, Gallardo lo frenó.
—¿Y ese laboratorio? ¿Sabes algo?
Linares se volteó.
—Todavía no —dijo—. Pero lo voy a averiguar. Con permiso.
Cerró la puerta con la libreta en la mano.
FIN

